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El proceso ateroesclerótico no es irreversible . Múltiples estudios han demostrado que el descenso de las cifras del colesterol plasmático y de su fracción LDL reduce el número de nuevas placas ateroescleróticas, retrasa la progresión de las existentes y disminuye la severidad de las lesiones antiguas . Paralelamente, se observa una considerable mejoría de los cuadros clínicos crónicos y reducción marcada de los eventos agudos y de la mortalidad cardiovascular, hechos todos que conducen a una mejor calidad de vida y mayor sobrevida. Estos cambios se han observado no sólo durante la prevención secundaria de la enfermedad sino con la prevención primaria . Sin embargo, paradojalmente, la mejoría notable de los cuadros clínicos no se acompaña de modificaciones anatómicas marcadas de las lesiones existentes, generando interrogantes respecto del mecanismo de la regresión de la ateroesclerosis . Las hipótesis más lógicas postulan que las placas muy cargadas de lípidos suelen ser excéntricas, tener una alta concentración de macrófagos y estar cubiertas por una capa fibrosa delgada que las hace sensibles a las agresiones químicas, tóxicas o mecánicas, mientras que las lesiones más viejas por lo general tienen un núcleo lipídico habitualmente central y comparativamente menor, una menor población de macrófagos y están protegidas por una gruesa cubierta fibrosa . Por otra parte, las partículas LDL, especialmente del tipo B y oxidativas, ejercen quimiotactismo positivo sobre los monocitos y macrófagos, estimu- lan la agregación plaquetaria, favorecen la liberación de tromboxano A2 y alteran severamente la función del endotelio, inhibiendo su actividad vasodilatadora y su capacidad liberadora de óxido nítrico, factores todos que contribuyen a la formación y ruptura de la placa ateroesclerótica . En el momento actual es indiscutible la acción beneficiosa de la reducción de los niveles del colesterol, su fracción LDL y los triglicéridos, y del aumento de la fracción HDL. Es responsabilidad del médico asistencial su corrección, no sólo mediante la prevención secundaria que la mayoría de las veces requiere terapéutica farmacológica adecuada, sino con la prevención primaria que se consigue con sólo modificar los hábitos incorrectos de vida, es decir, erradicando o corrigiendo los factores de riesgo bajo su control.